En nuestra entrega anterior iniciamos el abordaje de la generación de metano por parte de los rumiantes. Como nutricionistas que trabajamos en el ámbito de la producción, este es un tema que nos compete directamente.
A diario, recibimos cuestionamientos y preguntas —no siempre de fácil respuesta—, y muchas veces nos resulta difícil transmitir con claridad que, pese a la percepción general, los rumiantes no son los principales responsables de la crisis climática, un hecho avalado por los inventarios de emisiones pero que choca con décadas de desinformación.
En el anterior capítulo abordamos el tema de forma global, explicando los mecanismos de generación del metano entérico y las metodologías para monitorearlo. En esta entrega, nos concentraremos en las estrategias disponibles para reducir estas emisiones y analizaremos el potencial de los propios rumiantes para contribuir a la mitigación del carbono atmosférico.
¿Qué podemos hacer para reducir el metano entérico emitido?
Dado que la producción de metano forma parte natural de la fisiología ruminal, cualquier intento de mitigación debe partir de este hecho. Afortunadamente, la evidencia disponible sugiere que las estrategias para reducir las emisiones de CH₄ no solo no se contraponen a una mayor productividad, sino que suelen estar alineadas con ella.
Cabe recordar que la producción de metano durante la fermentación entérica representa una pérdida de energía para el animal. Entonces, en la mayoría de los casos, las decisiones estratégicas orientadas a mejorar la eficiencia productiva también reducen las emisiones de CH₄, ya que además de disminuir las pérdidas de energía asociadas a la fermentación, acortan o evitan los períodos improductivos o de baja productividad, que de otro modo incrementan las emisiones por animal y por unidad de producto.
La literatura científica actualiza periódicamente sus revisiones sobre este tema a la luz de nuevos conocimientos, como ejemplifican las publicaciones de Beauchemin et al. (2020) o Almeida et al. (2021).
A continuación, describiremos resumidamente las principales estrategias para reducir las emisiones de CH₄, priorizando aquellas de mayor viabilidad para nuestra región.
- Estrategias nutricionales que aumentan la producción de propionato en el rumen
La composición nutricional de la dieta es una herramienta clave para la mitigación. Ciertos perfiles de nutrientes modifican los parámetros fermentativos ruminales y, en consecuencia, alteran el perfil de emisiones.
Como se explicó previamente, una mayor proporción de propionato en el rumen se correlaciona con una menor emisión de CH₄. Por este motivo, las dietas con alto contenido de carbohidratos no fibrosos (CNF) promueven una reducción en la producción de CH₄.
Recientemente, Herliatika et al. (2024) demostraron mediante un metaanálisis de 73 estudios que el aumento de almidón en la dieta mitiga la producción de CH₄ mediante un doble mecanismo: un cambio en el perfil de fermentación ruminal, favoreciendo el propionato sobre el acetato, y una alteración en las poblaciones de protozoos productores de H₂. Cualquiera sea el mecanismo, además de considerar la oportunidad de uso por razones económicas, debemos tener en cuenta que las dietas altas en CNF conllevan el riesgo de acidosis.
Otra vía para reducir el metano entérico es modificar el contenido lipídico de la dieta, ya que los lípidos son compuestos antimetanogénicos potentes (Patra, 2014). Los lípidos ejercen un efecto reductor sobre la metanogénesis mediante un triple mecanismo:
1) Al no ser fermentables, disminuyen la materia orgánica disponible en el rumen, particularmente de las fracciones fibrosas.
2) La biohidrogenación de los ácidos grasos insaturados consume H₂, restándolo del pool disponible para la metanogénesis.
3) Poseen un efecto inhibitorio directo sobre las poblaciones de metanógenos.
La adición de cantidades moderadas de grasas o aceites reduce la emisión de CH₄ sin afectar negativamente la productividad, tanto en ganado de carne como de leche (Grainger y Beauchemin, 2011).
- Calidad del Forraje y Manejo del Pastoreo
En los sistemas de alimentación basados en forrajes, la digestibilidad es un factor clave: forrajes de alta digestibilidad promueven una fermentación ruminal eficiente y una menor producción de CH₄. Por el contrario, forrajes maduros y de baja calidad presentan un elevado contenido de pared celular (fibra), lo que desplaza la fermentación hacia una mayor producción de acetato.
Este perfil fermentativo incrementa la generación de H₂ y, como consecuencia directa, la síntesis de CH₄. En ganado de carne, Dini et al. (2018) demostraron que el pastoreo en praderas de alta calidad reduce las emisiones de CH₄ en aproximadamente un 15% a lo largo del año, respecto a pastizales de baja calidad, una tendencia consistente con observaciones en rebaños lecheros.
Por otra parte, Archimède et al. (2011) constataron que, la menor emisión de CH₄ por unidad de consumo se registró con dietas de leguminosas, seguidas de las basadas en gramíneas templadas (C3). Las dietas con gramíneas tropicales (C4) generaron las mayores emisiones. Muñoz et al. (2016), trabajando con vacas lecheras en pastoreo, reportaron que una menor masa de forraje pre-pastoreo se asoció con una reducción en las emisiones de CH₄ expresadas por animal, por unidad de leche producida y por kilogramo de materia seca ingerida, atribuida por los autores a la mejora de la calidad nutritiva del pasto.
Adicionalmente, ciertos componentes de las plantas, como los taninos, pueden influir en las emisiones de CH₄. En un estudio de pastoreo con vaquillonas, Alecrim et al. (2024) demostraron que la incorporación de leguminosas ricas en taninos en los pastizales es una estrategia de mitigación por eficiencia. De hecho, aunque estos autores no observaron una reducción en el CH4 total emitido por animal, se redujo efectivamente la huella de carbono de la producción de carne ya que las emisiones de metano por kilogramo de ganancia de peso disminuyeron drásticamente.
El mejoramiento genético de las especies forrajeras puede generar importantes avances en calidad nutricional y reducción de emisiones. Este campo ha crecido rápidamente en los últimos años con los avances biotecnológicos que proporcionan herramientas para la selección por características de interés. Por ejemplo, la calidad nutricional de los forrajes, tanto en su composición como en su densidad energética por hectárea, influye de manera importante en la productividad animal, reduciendo los impactos ambientales negativos de la agricultura (Bryan et al., 2024).
- Uso de aditivos ruminales
En los últimos años, abundante investigación se ha orientado hacia la identificación de inhibidores naturales y el desarrollo de análogos sintéticos para suprimir la generación de CH₄. Como resultado, numerosos productos comercializados como mejoradores de la eficiencia afirman poseer propiedades reductoras de emisiones, si bien no todos demuestran tal efecto.
Esta disparidad subraya la importancia crítica de seleccionar aditivos con sólido respaldo científico que avale su eficacia.
Como base para una toma de decisiones fundamentada, se recomienda consultar revisiones y pautas específicas para la identificación y compuestos con potencial acción reductora de emisiones (Durmic et al., 2025), así como para las pruebas sobre animales a las que estos potenciales aditivos deberían ser sometidos (Hristov et al., 2025).
Entre los compuestos emergentes, el 3-nitrooxipropanol (3-NOP) ha demostrado un elevado potencial de mitigación, con estudios que reportan reducciones de hasta un 30% en la emisión de CH₄.
Su mecanismo de acción se basa en la inhibición de la enzima metil-coenzima M reductasa, responsable final de la formación de CH₄ en el rumen. No obstante, su eficacia puede verse afectada por la composición de la dieta. Por ejemplo, existe evidencia de que la fibra detergente neutro reduce su efectividad, por lo que el compuesto opera de manera óptima en sistemas de producción intensiva con dietas altas en concentrados y bajas en fibra (Kebreab et al., 2023; Xuan et al., 2024).
Asimismo, algunos estudios, como el de Pupo et al. (2025), sugieren que su aplicación podría estar asociada a una reducción de la producción de leche, un aspecto crucial que requiere una cuidadosa evaluación costo-beneficio.
También se ha prestado atención a los aditivos naturales, empleados desde hace tiempo para mejorar la producción y actualmente evaluados por su potencial para reducir emisiones. Los más estudiados incluyen taninos, saponinas, aceites esenciales y algas marinas. Los taninos han demostrado el mayor efecto (Almeida et al., 2018), mientras que los aceites esenciales han mostrado resultados positivos en estudios a largo plazo (Belanche et al., 2020).
No obstante, la eficacia de estos compuestos depende de la combinación específica utilizada en la formulación, la dosis y la composición de la dieta basal (Beauchemin et al., 2020). Esta variabilidad explica por qué algunos estudios reportan la ausencia de efectos con la aplicación de aceites esenciales (Benchaar y Hassanat, 2025), mientras que otros demuestran que su combinación con taninos reduce las emisiones de CH₄, tanto in vitro (Sgoifo Rossi et al., 2022) como in vivo (Minuti et al., 2025).
Las algas marinas como Asparagopsis taxiformis, que contienen bromoformo como compuesto activo principal, también han sido estudiadas, mostrando resultados favorables (Glasson et al., 2022). Sin embargo, el bromoformo, que pertenece a la familia de los trihalometanos, como el cloroformo o el yodoformo, es tóxico y cancerígeno, por lo que su utilización para estos fines está en evaluación por las autoridades sanitarias de diversos países.
En general, los compuestos naturales son prometedores, especialmente cuando se combinan con otras estrategias. Sin embargo, persisten desafíos en la identificación de mitigantes específicos, la optimización de dosis y sinergias, así como la elucidación de mecanismos microbianos más allá de los efectos confirmados (Belanche et al., 2025).
- Mejorar el manejo
Las estrategias más eficaces son aquellas orientadas a maximizar la productividad animal, dado que los individuos con baja producción o en estado de mantenimiento, aunque presentan menores emisiones absolutas de CH₄, continúan aportando significativamente al total emitido. Asimismo, cuando las emisiones se expresan en términos de unidad de producto, éstas suelen incrementarse en comparación con los animales de mayor productividad.
Pensemos, por ejemplo, en el tiempo que tarda una ternera lechera en completar su ciclo de crecimiento para ingresar al circuito de producción de leche. Durante toda la cría y recría, la ternera emitirá metano, esté creciendo a buen ritmo o no. En muchas explotaciones sucede que esta etapa “improductiva” de los animales se extiende más allá de lo óptimo, lo cual, además de repercutir negativamente en la producción y los costos, resulta en aumentos de las emisiones. Lo mismo sucederá si en una ganadería de cría la eficiencia reproductiva es baja, o si en una lechería el tiempo en que las vacas están secas se extiende más allá de los 2 meses necesarios para restablecer la funcionalidad mamaria.
Dato curioso: Goopy et al. (2020), señalan que alimentar al ganado por debajo de sus niveles de mantenimiento puede aumentar la producción de CH₄ por unidad de ingesta, lo que resulta un factor negativo agregado para los objetivos de mitigación.
Montenegro-Ballestero et al. (2020) cuantificaron las emisiones de metano entérico en diferentes etapas fisiológicas de vacas Holstein en un sistema lechero costarricense. Los resultados mostraron que, si bien las vacas en lactancia temprana (produciendo 35 L de leche/día) generaron la mayor cantidad absoluta de CH₄, también fueron las más eficientes, con la emisión más baja por litro de leche producido, superando a las vacas en lactancia media-tardía (26 l/día).
Al expresar las emisiones por unidad de ingesta, se reveló que las vacas secas fueron las menos eficientes, registrando los valores más altos de CH₄ por kg de materia seca consumida.
Este hallazgo refuerza el concepto de que los animales con mayor producción fueron los más eficientes y los que produjeron menos CH4 en relación al consumo y al producto.
Para recordar: En general, todas las medidas que mejoran la eficiencia productiva, como la reproducción, la sanidad, el bienestar animal, la reducción del estrés y una mejor conversión alimenticia, reducen las emisiones de GEI por unidad de producto generado, al acortar los periodos de baja producción y optimizar el uso de los insumos.
La alimentación de precisión, estrategia que busca suministrar a cada animal una dieta ajustada a sus requerimientos específicos (Chase y Fortina, 20234), permite minimizar el desperdicio de alimento, reducir costos y disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero. No obstante, su implementación práctica aún representa un desafío en los sistemas de producción extensivos.
- Selección genética de animales para mayor eficiencia productiva
La creciente atención que investigadores, asesores y productores prestan a la genética bovina para la reducción de emisiones es evidente con solo observar el programa de cualquier congreso del sector, un interés impulsado en parte por el desarrollo de herramientas genómicas. Además, como las mejoras genéticas son permanentes y acumulativas, representan una estrategia particularmente prometedora a largo plazo para mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero en sistemas de producción de rumiantes.

Tabla 1. Emisiones de metano medidas en ganado Hereford de acuerdo con su eficiencia de alimentación. Los animales seleccionados genéticamente por su Alta Eficiencia se destacan por una menor ingestión de materia seca y energía respecto a los de Baja Eficiencia, manteniendo la ganancia diaria. Esto lleva a que el CH4 emitido sea menor, en términos absolutos y en relación con la ingesta de materia seca (MS). También será significativamente menor la Energía ingerida transformada en CH4 (conocida por la sigla Ym) que es una variable muy utilizada para la construcción de inventarios nacionales de emisiones, o evaluaciones de impactos ambientales (Datos extraídos de Dini et al., 2019).
Por todo ello, la selección genética para mejorar la eficiencia alimenticia se consolida como una herramienta clave para reducir las emisiones de CH₄ en el ganado, con proyecciones que indican una disminución del 11 al 26% en una década (De Haas et al., 2011). Su efectividad, demostrada en sistemas de leche y carne (Løvendahl et al., 2018; Dini et al., 2019), se potencia al combinarse de forma sinérgica con el uso de aditivos alimenticios, manejo de pasturas y agricultura de precisión.
La selección genética para reducir el metano es compatible con los objetivos productivos (van Breukelen et al., 2025). Estrategias complementarias que apuntan al microbioma ruminal ofrecen un camino prometedor para la mitigación (Mizrahi et al., 2021).
América Latina y la oportunidad del metano
América Latina se encuentra en una encrucijada única. Por un lado, se proyecta que la producción de carne en la región aumente para satisfacer la demanda global. Por el otro, este crecimiento, bajo las prácticas actuales, conllevaría un aumento en las emisiones totales de Gases de Efecto Invernadero (GEI).
Sin embargo, la evidencia científica indica que el panorama no es necesariamente negativo. Por el contrario, América Latina podría tener una interesante oportunidad en transformar su ganadería en reductora de emisiones.
Un estudio reciente publicado en Scientific Reports (Costa Jr. et al., 2025) demuestra que no es necesario elegir entre producir más carne y proteger el clima. Si logramos optimizar el manejo y reducir las ineficiencias de los sistemas ganaderos extensivos, podríamos contribuir a la solución. Según estos autores, la clave radica en lograr la intensificación sostenible.
La llamada “intensificación sostenible” consiste en el desarrollo de un modelo de producción ganadera que aumenta significativamente la eficiencia y productividad por hectárea y por animal, mientras reduce simultáneamente la intensidad de emisiones de gases de efecto invernadero y la huella ambiental general.
Según los autores, al escalar prácticas existentes para que los sistemas menos eficientes se equiparen al 20% más eficiente de la región, se puede lograr una reducción de la intensidad de emisiones (emisiones por kg de carne) del 33 al 50%.
Por otra parte, a pesar de producir un 43% más de carne, la región podría reducir sus emisiones totales entre un 20% y un 40% para 2050 en comparación con 2020.
Sin embargo, quizás el dato más crucial es que una reducción anual de metano de solo el 1,5% podría reducir el efecto de calentamiento del sector ganadero entre un 70% y un 90% para 2050, acercándolo a una trayectoria de “calentamiento neto cero”.
¿Cómo se logran estas cifras? No con tecnologías futuristas, sino la aplicación de medidas basadas en mejoras concretas en el manejo de los animales, de la pastura y de la alimentación. Al analizar el sistema en su globalidad, los puntos clave serían mejorar la productividad y digestibilidad de los forrajes a través de técnicas de manejo o de la utilización de mezclas forrajeras de alta calidad nutricional y el empleo de suplementaciones estratégicas con concentrado, acortando de esta forma el ciclo de vida del animal. Es decir que para lograr el objetivo, la aplicación de conceptos de nutrición animal es fundamental.
Mientras un sistema extensivo típico produce 70 kg de peso en canal por animal al año en la fase de terminación, un sistema intensivo puede producir entre 230 y 275 kg. La mejora genética, el buen manejo reproductivo, el adelanto de la edad al primer parto, un cuidado atento de la sanidad, y el uso de insumos y aditivos en la dieta que tiendan a reducir el metano hacen que el animal llegue antes al peso de faena, emitiendo metano durante menos tiempo para producir la misma cantidad de carne o leche.
El Análisis del Ciclo de Vida (o LCA por su sigla en inglés: Life Cycle Assessment) es una herramienta clave para evaluar la huella ambiental de la producción ganadera. A diferencia de medir solo las emisiones individuales del animal, el LCA analiza todo el sistema productivo (desde la obtención de insumos hasta que el producto llega al consumidor), lo que permite identificar dónde se concentran los mayores impactos. Su importancia radica en que no solo se trata de cuánto emite un animal en un momento dado, sino del resultado acumulado de todo el proceso, ofreciendo una visión integral para una mitigación efectiva.
El rol catalizador de los mercados de carbono
Las reducciones verificadas de metano, logradas mediante las mejoras de manejo descritas, pueden ser cuantificadas y certificadas para convertirse en Bonos de Carbono. Cada bono representa una tonelada de CO2 equivalente que se ha dejado de emitir o se removió de la atmósfera. De esta forma, se construye un mercado que, en lugar de comerciar con trigo, soja o carne, comercia con bonos de carbono. Una empresa o país que necesita reducir sus emisiones, pero le resulta muy costoso o difícil, puede compensarlas financiando un proyecto de reducción de emisiones en otro lugar. Es decir, comprando bonos o créditos de Carbono.
Existen dos tipos principales de mercados de carbono, diferenciados por su naturaleza:
Los Mercados Regulados son sistemas obligatorios establecidos por gobiernos, que fijan un límite máximo de emisiones para industrias específicas. Las empresas que emiten por debajo de su tope pueden vender sus “bonos de carbono” sobrantes a aquellas que lo superan.
Los Mercados Voluntarios de Carbono, en cambio, son de participación libre. En ellos, empresas o personas compran bonos de forma voluntaria para compensar su huella de carbono, impulsados por su responsabilidad social corporativa, el deseo de alcanzar metas de sostenibilidad o la mejora de su imagen ante clientes conscientes. Para el sector ganadero, este es el mercado de mayor relevancia y oportunidad.
Para América Latina, la sinergia entre los mercados de carbono y la mejora de las prácticas ganaderas se presenta como una oportunidad estratégica de triple impacto. Los productores locales encuentran en estos mecanismos una vía para generar ingresos adicionales, transformando una externalidad ambiental como el metano en un activo económico concreto que premia su transición hacia modelos más eficientes y rentables.
Al mismo tiempo, esta dinámica atrae inversión privada internacional, canalizando recursos hacia una reconversión productiva que muchas veces requiere de infraestructura y tecnología inicial. Este apoyo financiero acelera la adopción de sistemas sostenibles, creando un círculo virtuoso entre mitigación climática y desarrollo agropecuario.
En un plano más amplio, este camino consolida el posicionamiento de la región como referente en la producción de proteína animal responsable. América Latina está llamada a ofrecer al mundo no solo volumen, sino calidad y trazabilidad sustentable, accediendo así a mercados más exigentes y construyendo una marca regional asociada a la innovación y el cuidado del planeta.
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