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Micotoxinas en cerdos: cómo elegir estrategias según la toxina

Escrito por: Diego Melo-Durán - Facultad de Ciencias Médicas “Eugenio Espejo”, Universidad UTE, Quito 17012764, Ecuador , Sandra Villagómez Estrada - Departamento de Ciencia Animal y de los Alimentos, Servicio de Nutrición y Bienestar Animal, Universitat Autònoma de Barcelona
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El problema del “secuestrante universal”

En la práctica, el término secuestrante suele utilizarse como si describiera una solución capaz de actuar frente a cualquier micotoxina. Sin embargo, estas moléculas difieren en tamaño, polaridad, carga y estructura; por ello, un material que retiene eficazmente aflatoxinas puede mostrar una afinidad limitada por deoxynivalenol (DON), zearalenona (ZEN) o fumonisinas.

La respuesta tampoco depende únicamente del producto: influyen la concentración de la toxina, la co-contaminación, la composición del alimento y la edad o el estado fisiológico del cerdo (Aoyanagi et al., 2023; Holanda & Kim, 2021).

Esta heterogeneidad explica por qué productos aparentemente similares generan resultados distintos entre estudios. Los adsorbentes minerales cuentan con el respaldo más consistente frente a las aflatoxinas.

Para las fumonisinas, la evidencia más consistente de reducción de la exposición corresponde a esterasas específicas capaces de transformar FB1 en metabolitos considerablemente menos tóxicos.

Para ZEN, la eficacia varía considerablemente entre productos; en el caso de DON, la adsorción convencional continúa mostrando resultados poco consistentes (Holanda & Kim, 2021; Wang et al., 2024; Yu et al., 2025).

Por tanto, la pregunta correcta no es qué secuestrante funciona para todas las micotoxinas, sino qué mecanismo resulta compatible con las toxinas presentes y qué evidencia permite confirmar su acción.

Esta distinción constituye el punto de partida para seleccionar una estrategia antimicotoxinas técnicamente justificable.

Adsorber, transformar o proteger: no son sinónimos

Aunque se agrupen comercialmente como secuestrantes, los aditivos antimicotoxinas actúan mediante mecanismos distintos. Reconocerlos permite definir qué resultados exigir.

La adsorción retiene la micotoxina en el tracto gastrointestinal y reduce su absorción. Incluye minerales como bentonitas, aluminosilicatos y clinoptilolita, y materiales orgánicos como paredes celulares de levadura, β-glucanos, glucomananos, materiales carbonosos y algunos subproductos vegetales.

Su eficacia depende de la superficie, porosidad, carga, estabilidad de la unión y compatibilidad con cada toxina. Por ello, el resultado de una arcilla, levadura o carbón no puede extrapolarse a toda su categoría (Holanda & Kim, 2021; Kim et al., 2019).

La transformación modifica la estructura de la micotoxina. Puede ser enzimática, como la hidrólisis de fumonisinas o ZEN; microbiana, como la conversión de DON en DOM-1 o 3-epiDON; o química, como la sulfonación de DON con metabisulfito de sodio.

Su eficacia exige identificar productos menos tóxicos y demostrar una menor exposición interna (Dänicke et al., 2023; Liu et al., 2024).

La bioprotección no elimina necesariamente la toxina. Antioxidantes, fitogénicos, vitaminas, aminoácidos, probióticos y posbióticos pueden atenuar inflamación, estrés oxidativo o daño intestinal, pero estos efectos no demuestran detoxificación si la exposición sistémica no cambia (Lauwers et al., 2019).

Las mezclas multicomponente pueden ampliar la cobertura, pero reunir arcillas, levaduras, enzimas y fitogénicos no demuestra la contribución de cada componente.

La evidencia cambia con la micotoxina

La eficacia de una estrategia depende de la micotoxina y del mecanismo evaluado. Una formulación puede reducir la exposición a una toxina, mitigar parcialmente otra y carecer de actividad frente a una tercera.

Por ello, un adsorbente debe demostrar menor absorción; una enzima, la formación de productos menos tóxicos y la reducción del efecto biológico. La evidencia debe analizarse por micotoxina, no solo por tipo de producto.

Aflatoxinas: la evidencia más consistente para la adsorción

Las aflatoxinas, especialmente AFB1, constituyen el escenario más favorable para la adsorción mineral. Su estructura facilita la unión a determinadas bentonitas, aluminosilicatos o clinoptilolitas; si la interacción permanece estable durante la digestión, disminuye la fracción disponible para absorción y metabolismo hepático.

Aoyanagi et al. (2023) expusieron durante 42 días a 24 cerdos a una mezcla de aproximadamente 0,5 mg/kg de aflatoxinas, 1,0 mg/kg de fumonisinas y 1,0 mg/kg de ZEN.

Los dos productos multicomponentes evaluados atenuaron algunos cambios histológicos y redujeron residuos hepáticos y renales. Sin embargo, los seis tratamientos incluyeron solo cuatro animales cada uno y emplearon concentraciones elevadas; por tanto, los resultados respaldan únicamente esas formulaciones y condiciones, no toda una categoría de adsorbentes.

La adsorción presenta el respaldo más consistente frente a aflatoxinas, pero debe verificarse con biomarcadores de exposición, como el aducto AFB1-lisina en albúmina sérica, AFM1 urinaria y residuos tisulares, y no solo mediante pruebas de unión in vitro (Holanda & Kim, 2021).

Fumonisinas: el ejemplo más completo de biotransformación

Las fumonisinas presentan una adsorción convencional poco predecible. La fumonisina B1 (FB1) inhibe la ceramida sintasa y aumenta la esfinganina respecto de la esfingosina; por ello, las relaciones Sa/So y Sa1P/So1P son biomarcadores especialmente útiles.

La esterasa FumD elimina los grupos de ácido tricarbalílico de FB1 y forma fumonisina B1 hidrolizada (HFB1), de toxicidad considerablemente menor. En un estudio piloto, su administración intraoral redujo un 59,8% el área bajo la curva de FB1 sérica y aumentó la excreción fecal de HFB1, demostrando menor exposición a la toxina original y formación del producto de hidrólisis (Neckermann et al., 2022).

La especificidad también es decisiva. Wang et al. (2024) compararon dos carboxilesterasas en cerdos: FumD redujo un 48,8% la relación sérica Sa/So, mientras que la segunda enzima logró una reducción no significativa del 8,2%.

Pertenecer a la misma categoría enzimática no garantiza una eficacia equivalente.

La demostración más completa integra disminución de FB1, formación de HFB1 y normalización de un biomarcador específico. Sus resultados, sin embargo, solo son aplicables a la enzima, actividad y dosis evaluadas.

Zearalenona: no basta con eliminar la molécula original

En ZEN, la desaparición de la molécula original no basta: los productos formados deben presentar menor actividad estrogénica. Esto es especialmente importante en las cerdas prepúberes, sensibles también a metabolitos como α-zearalenol (α-ZEL).

Dänicke et al. (2023) evaluaron 80 lechonas durante 35 días con 2,57 mg/ kg de DON y 0,24 mg/kg de ZEN. El tratamiento suplementado combinó ZenA con metabisulfito de sodio.

La formación de HZEN y DHZEN confirmó la actividad de la enzima y se acompañó de menores concentraciones de metabolitos estrogénicos y pesos relativos de útero y ovarios.

Sin embargo, al no existir un tratamiento con ZenA sola, la respuesta global no puede atribuirse exclusivamente a esta enzima. Otro ensayo confirmó su actividad durante el tránsito gastrointestinal y la formación de HZEN (Gruber-Dorninger et al., 2023).

En un ensayo con exposición combinada a ZEN y ocratoxina A, una formulación multicomponente administrada a 3 g/kg redujo algunos residuos tisulares de ZEN, α-ZEL y ocratoxina A y mejoró la conversión alimenticia.

Sin embargo, el estudio no evaluó directamente indicadores reproductivos, por lo que no permite concluir sobre la prevención del edema vulvar o de los cambios del tracto reproductivo (Tassis et al., 2024).

La eficacia debe confirmarse midiendo ZEN y sus metabolitos junto con indicadores reproductivos específicos.

DON: el principal reto para las estrategias antimicotoxinas

DON es una molécula pequeña, polar y rápidamente absorbida en el intestino proximal, lo que limita el tiempo para retenerla o transformarla. Por ello, bentonitas, zeolitas y paredes de levadura muestran resultados inconsistentes (Holanda & Kim, 2021; Yu et al., 2025).

El carbón activado impidió detectar en plasma el DON administrado oralmente en un estudio agudo, pero su capacidad para retener nutrientes y medicamentos limita el uso continuo (Devreese et al., 2014).

En otro ensayo, 48 lechones consumieron durante 21 días una dieta con 2,3 mg/kg de DON. Un carbón vegetal poroso redujo la concentración sérica conjunta de DON y DOM-1 y atenuó alteraciones intestinales, inflamatorias, oxidativas y de la microbiota.

Al tratarse de un material y ensayo específicos, el resultado no puede extrapolarse a cualquier carbón o biocarbón (Wu et al., 2024).

La transformación química también depende del proceso. En 80 lechonas, la inclusión de 2,5 g/kg de metabisulfito de sodio en el alimento seco redujo alrededor del 20 % del DON del alimento, con disminuciones semejantes en plasma y orina, magnitud considerada insuficiente.

La sulfonación depende de la humedad, el tiempo de contacto y la matriz; resulta más predecible durante el procesamiento hidrotermal o la conservación húmeda que mediante la incorporación al alimento seco (Dänicke et al., 2023).

La transformación microbiana varía según la cepa y la matriz. Clostridium sp. WJ06 redujo el DON urinario y aumentó la excreción fecal de DOM-1; en cambio, Coriobacteriaceum DSM 11798 no disminuyó el DON plasmático ni mostró una conversión comparable en alimento peletizado (Li et al., 2017; Sayyari et al., 2018).

La desepoxidación a DOM-1 y la epimerización a 3-epi-DON generan metabolitos menos tóxicos. En 24 lechones, ninguno produjo las lesiones intestinales, hepáticas y linfoides observadas con DON.

Sin embargo, se administraron directamente los metabolitos y no un aditivo capaz de generarlos en el tracto gastrointestinal (Bracarense et al., 2020).

Estas alternativas amplían el control, pero no constituyen una solución universal: la eficacia depende del material, la cepa, la formulación, el procesamiento y la demostración de una menor exposición sistémica.

Mic0toxinas con evidencia todavía insuficiente

La evidencia directa en cerdos es más escasa para ocratoxina A, T-2/HT-2 y las formas modificadas o enmascaradas. Gran parte procede de estudios in vitro, otras especies o formulaciones que impiden atribuir el efecto a un mecanismo.

Esta carencia no demuestra ineficacia, pero tampoco respalda declaraciones amplias: se requieren estudios porcinos, biomarcadores específicos y replicación independiente (Holanda & Kim, 2021; Liu et al., 2024).

Adsorbentes orgánicos: más allá de las arcillas

En ensayos con 120 cerdos en crecimiento y 48 lechones, un extracto de pared celular de levadura al 0,2 % mejoró algunos indicadores productivos, oxidativos e intestinales durante la exposición combinada a aflatoxinas, fumonisinas y DON, especialmente en los animales jóvenes.

Sin mediciones de exposición sistémica, no puede diferenciarse la adsorción de la bioprotección (Kim et al., 2019).

En un ensayo agudo con 28 lechones, el orujo blanco de uva redujo un 67 % el biomarcador urinario de AFB1 y un 69 % el de ZEN; las reducciones de FB1, DON y ocratoxina A no fueron significativas.

El suministro en bolo y la elevada inclusión limitan su extrapolación comercial: es una prueba de concepto, no evidencia de adsorción orgánica de amplio espectro (Gambacorta et al., 2016).

En conjunto, la evidencia respalda relaciones específicas: adsorción para aflatoxinas, hidrólisis enzimática para fumonisinas, reducción de la estrogenicidad para ZEN y estrategias dependientes del material o microorganismo para DON. La selección debe relacionar toxina, mecanismo y biomarcador, no contabilizar las toxinas declaradas en la etiqueta.

Tabla 1. Evidencia por micotoxina y mecanismo.

Biomarcadores: demostrar que el mecanismo funciona

La respuesta productiva por sí sola no demuestra que una micotoxina haya sido adsorbida o transformada. La evaluación debe combinar biomarcadores de exposición — toxina original y metabolitos en sangre, orina, heces o tejidos— con biomarcadores de efecto, que reflejan la alteración biológica en el animal (Tkaczyk & Jedziniak, 2021).

En fumonisinas, la disminución de FB1 sistémica y la aparición de HFB1 fecal evidencian hidrólisis. Las relaciones Sa/So y Sa1P/So1P permiten valorar la alteración del metabolismo de los esfingolípidos; la segunda puede ser más sensible ante exposiciones bajas. Ambas son biomarcadores de efecto y no sustituyen la cuantificación de FB1 y HFB1 (Lassallette et al., 2025; Neckermann et al., 2022).

Para ZEN deben medirse la toxina, metabolitos estrogénicos como α-ZEL y productos de hidrólisis como HZEN y DHZEN, junto con respuestas reproductivas.

En DON, la concentración urinaria de la toxina y sus glucurónidos estima la exposición, mientras que DOM-1 evidencia desepoxidación, considerando el momento del muestreo y la vía de excreción (Panisson et al., 2023).

Para AFB1 pueden utilizarse el aducto AFB1-lisina, AFM1 y residuos tisulares.

El estrés oxidativo, las citocinas y la integridad intestinal son indicadores de bioprotección. Su mejoría sin una reducción de la exposición interna puede demostrar protección del animal, pero no detoxificación directa.

De la analítica del alimento a la decisión práctica

La selección de una estrategia antimicotoxinas debe comenzar en el alimento, no en el catálogo comercial. El primer paso es obtener una muestra representativa, porque la contaminación se distribuye de manera heterogénea entre silos, lotes e ingredientes.

Siempre que sea posible, el análisis debe incluir varias micotoxinas y sus formas modificadas, ya que la co-contaminación es más frecuente que la exposición aislada.

Una vez identificado el perfil de riesgo, debe elegirse un mecanismo compatible con las toxinas predominantes. La presencia de varias micotoxinas puede justificar una formulación multimodal, pero no demuestra que todos sus componentes contribuyan con la misma eficacia.

Antes de incorporar un producto conviene plantear cuatro preguntas:

  1. ¿Fue evaluado en cerdos?
  2. ¿La concentración de micotoxinas y la dosis del aditivo son comparables con la situación de campo?
  3. ¿Se utilizaron biomarcadores coherentes con el mecanismo?
  4. ¿Los resultados fueron reproducidos?

Las pruebas in vitro permiten seleccionar candidatos, pero no sustituyen la validación in vivo cuando cambian el pH, la matriz o el procesamiento del alimento (Holanda & Kim, 2021; Liu et al., 2024).

La respuesta debe vigilarse mediante consumo, ganancia de peso, conversión alimenticia y signos clínicos, complementados, cuando el riesgo lo justifique, con biomarcadores de exposición o efecto.

Una mejora productiva sin que disminuya la exposición interna puede respaldar bioprotección, pero no demuestra adsorción o transformación. La decisión técnicamente sólida integra analítica, mecanismo, evidencia en cerdos y seguimiento.

Límites, seguridad y calidad de la evidencia

No todas las pruebas sostienen la misma conclusión. La afinidad o degradación observada in vitro demuestra que un mecanismo es posible, pero no que funcionará en el cerdo.

Un ensayo in vivo ofrece mayor certeza cuando cuantifica la toxina, sus metabolitos y un efecto biológico compatible. La evidencia es más sólida si la respuesta se reproduce con la formulación final, a la dosis comercial y por grupos independientes.

Muchos estudios utilizan pocos animales, periodos cortos y concentraciones elevadas para producir respuestas detectables. Estos diseños demuestran mecanismos, pero representan de manera incompleta la exposición crónica, fluctuante y con múltiples micotoxinas de las granjas.

También son escasos los estudios prolongados en reproductoras, las evaluaciones económicas y los ensayos comerciales.

La seguridad debe valorarse junto con la eficacia. Los adsorbentes necesitan una unión suficientemente selectiva para no interferir con nutrientes o medicamentos. Enzimas y microorganismos deben conservar su actividad durante el almacenamiento, el procesamiento y el tránsito gastrointestinal.

Además, los productos de transformación deben identificarse y demostrar menor toxicidad. Estas propiedades deben comprobarse en la formulación final, no inferirse de uno de sus componentes (Holanda & Kim, 2021; Liu et al., 2024).

El alcance de la recomendación debe coincidir con el de la evidencia. Demostrar actividad frente a una micotoxina no justifica presentar el producto como protección universal; deben especificarse la toxina, el mecanismo, la dosis y los biomarcadores que respaldan la respuesta.

Las estrategias emergentes exigen el mismo criterio. En 96 lechonas expuestas a AFB1 y DON, la suplementación con humato o β-mananasa atenuó algunas alteraciones hematológicas y lesiones hepáticas.

No obstante, la capacidad de unión in vitro fue inferior a la de los adsorbentes minerales y no se cuantificaron micotoxinas o metabolitos en el animal.

El estudio demuestra protección parcial, pero no detoxificación sistémica (Garavito-Duarte et al., 2025). Probióticos, posbióticos, alimentos fermentados, fitogénicos y adsorbentes nanoestructurados también pueden proteger la barrera intestinal o mejorar la tolerancia, aunque todavía faltan ensayos porcinos con biomarcadores de exposición, replicación independiente y evaluación de seguridad a largo plazo.

Finalmente, ningún aditivo reemplaza la prevención. El control de proveedores, el muestreo representativo, el secado, el almacenamiento y la vigilancia periódica siguen siendo la primera barrera; los aditivos son una herramienta complementaria dentro del programa de gestión.

Conclusión: del secuestrante universal a una estrategia dirigida

La evidencia descarta la idea de un secuestrante universal: la adsorción es más consistente frente a aflatoxinas; para fumonisinas destaca la hidrólisis enzimática; en ZEN debe confirmarse una menor estrogenicidad; y DON mantiene la respuesta más variable.

La eficacia es específica para la relación entre toxina y mecanismo.

La selección debe comenzar con un muestreo representativo y la identificación del riesgo. Después corresponde elegir un mecanismo compatible y exigir evidencia en cerdos mediante biomarcadores de exposición y efecto.

Las formulaciones multimodales pueden ser útiles ante la co-contaminación, pero cada componente debe demostrar su contribución.

La mejor estrategia no es la que declara actuar contra más micotoxinas, sino la que conecta diagnóstico, mecanismo, biomarcador y respuesta animal. Este enfoque favorece un uso más preciso, seguro y productivo de los aditivos, sin desplazar la prevención como primera barrera.

Referencias

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