18 Jun 2026
La contaminación por micotoxinas continúa siendo uno de los principales riesgos para la producción pecuaria, incluso cuando los alimentos balanceados cumplen con las especificaciones nutricionales
La calidad nutricional de una dieta no depende únicamente del contenido de energía, proteína o aminoácidos. Factores como la inocuidad de las materias primas desempeñan un papel determinante en el desempeño productivo de aves, cerdos y rumiantes. Dentro de estos riesgos, las micotoxinas representan uno de los problemas más importantes para la industria mundial de alimentos balanceados debido a su capacidad para afectar la salud intestinal, la respuesta inmunitaria, la eficiencia alimenticia y la productividad animal.
Las micotoxinas son metabolitos secundarios producidos por diferentes especies de hongos, principalmente de los géneros Aspergillus, Fusarium, Penicillium, Alternaria y Claviceps. Estos compuestos pueden desarrollarse tanto en el campo como durante el almacenamiento de los granos, especialmente cuando existen condiciones favorables de temperatura y humedad.
Aunque muchas veces la contaminación no es visible, pequeñas concentraciones pueden generar pérdidas económicas importantes debido a la reducción del crecimiento, disminución del consumo de alimento, alteraciones reproductivas y mayor susceptibilidad a enfermedades.
Las materias primas utilizadas para fabricar alimentos balanceados constituyen la principal fuente de exposición a micotoxinas. Maíz, trigo, cebada, sorgo, arroz, harina de soya y diversos subproductos agrícolas pueden contaminarse antes de la cosecha o durante el almacenamiento.
Uno de los mayores desafíos para la industria es que la contaminación rara vez ocurre con una sola micotoxina. Lo más frecuente es encontrar varias toxinas presentes simultáneamente, lo que incrementa el riesgo debido a los efectos aditivos o sinérgicos entre ellas.

Entre las micotoxinas que generan mayor preocupación en nutrición animal destacan las aflatoxinas, producidas principalmente por Aspergillus flavus y Aspergillus parasiticus. Estas afectan principalmente al hígado y pueden provocar inmunosupresión, reducción del crecimiento y disminución de la productividad, especialmente en aves jóvenes.
Las fumonisinas, producidas por especies de Fusarium, se encuentran con frecuencia en el maíz. En cerdos se asocian con edema pulmonar, mientras que en aves pueden alterar la función hepática e intestinal.
Otra micotoxina ampliamente distribuida es el deoxinivalenol (DON) o vomitoxina. Su principal efecto consiste en reducir el consumo voluntario de alimento, afectando directamente la ganancia de peso y la conversión alimenticia, particularmente en cerdos.
La zearalenona, también producida por Fusarium, posee actividad estrogénica y puede ocasionar trastornos reproductivos, especialmente en hembras porcinas.
Finalmente, la ocratoxina A afecta principalmente la función renal y puede disminuir el desempeño productivo cuando se presenta en concentraciones elevadas.
En la mayoría de las explotaciones comerciales, las micotoxinas no provocan brotes clínicos evidentes. En cambio, generan efectos subclínicos que pasan desapercibidos y se manifiestan como pérdidas graduales de productividad.
Una disminución en la ganancia diaria de peso, un incremento de la conversión alimenticia, menor uniformidad del lote o una respuesta deficiente a los programas de vacunación pueden estar relacionados con exposiciones crónicas a bajos niveles de micotoxinas.
Además, estas toxinas afectan la integridad de la mucosa intestinal, favoreciendo procesos inflamatorios que reducen la absorción de nutrientes y aumentan la susceptibilidad frente a agentes infecciosos.
Por esta razón, las pérdidas económicas asociadas a las micotoxinas suelen ser mayores de lo que reflejan los diagnósticos convencionales.
La prevención continúa siendo la estrategia más eficaz para controlar el riesgo de contaminación.
El monitoreo periódico de materias primas mediante técnicas analíticas como cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas (LC-MS/MS), ELISA o pruebas rápidas permite identificar ingredientes de mayor riesgo antes de incorporarlos a la formulación.
La correcta rotación de inventarios, el control de humedad durante el almacenamiento y el mantenimiento adecuado de silos también contribuyen a limitar el desarrollo de hongos.
No obstante, debido a que muchas micotoxinas se producen antes de la cosecha, las buenas prácticas de almacenamiento no siempre eliminan completamente el problema.
Cuando existe riesgo de contaminación, la industria recurre al uso de aditivos antimicotoxinas, cuyo objetivo es disminuir la exposición del animal.
Los secuestrantes minerales, como los aluminosilicatos y las bentonitas, presentan alta afinidad por determinadas micotoxinas, especialmente las aflatoxinas, reduciendo su absorción intestinal.
En los últimos años también han cobrado importancia los productos basados en enzimas, bacterias y levaduras, capaces de biotransformar ciertas micotoxinas en compuestos de menor toxicidad.
Sin embargo, ningún producto ofrece protección universal frente a todas las toxinas. La selección del aditivo debe realizarse considerando el perfil de contaminación esperado y el respaldo científico disponible para cada tecnología.
El control efectivo de las micotoxinas requiere una estrategia que combine vigilancia analítica, selección de proveedores, manejo adecuado del almacenamiento y utilización de tecnologías de mitigación cuando sea necesario.
Además, los programas modernos de nutrición animal incorporan la evaluación del riesgo de micotoxinas dentro de los sistemas de aseguramiento de calidad, permitiendo una respuesta más rápida frente a cambios en las condiciones climáticas o en el origen de las materias primas.
En un escenario donde la formulación de precisión busca maximizar el aprovechamiento de cada nutriente, la presencia de micotoxinas puede comprometer significativamente los resultados productivos si no se implementan medidas preventivas.
Las micotoxinas continúan siendo uno de los principales desafíos para la industria de alimentos balanceados y la producción animal intensiva. Su capacidad para afectar silenciosamente la salud intestinal, el sistema inmunitario y la eficiencia productiva convierte su control en una prioridad para nutricionistas, formuladores y productores.
La integración de programas de monitoreo, buenas prácticas de almacenamiento y tecnologías de mitigación permite reducir el riesgo y proteger tanto el desempeño productivo como la rentabilidad de las explotaciones pecuarias.
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